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Sunday, April 1, 2018

Escrita por mujeres: 140 libros para descargar gratis en PDF


Los libros más representativos en poesía, narrativa, teatro y ensayos, escritos por mujeres, a tu disposición 100% gratis en PDF, según 
Poetas del fin del mundo.

Friday, November 27, 2015

Cuban Arts, Performance, Literature and Cultural Politics. Two Books. Coco Fusco. Rachel Price.





Dangerous Moves: Performance and Politics in Cuba | By Coco Fusco


In this exploration of performance and cultural politics in post-revolutionary Cuba, Fusco analyzes the dynamics between artists and the state, focusing on the ways that performance has served as a favored means of social commentary.

The study covers a range of performative practices in art, music, poetry and political activism. Fusco examines the relationship between the abject body in performance and the greater body politic of a state that defines itself as revolutionary but seeks to limit dissent.


Planet/Cuba: Art, Culture, and the Future of the Island.
By Rachel Price.

Transformations in Cuban art, literature and culture in the post-Fidel era
Cuba has been in a state of massive transformation over the past decade, with its historic resumption of diplomatic relations with the United States only the latest development. While the political leadership has changed direction, other forces have taken hold. The environment is under threat, and the culture feels the strain of new forms of consumption.


Planet/Cuba examines how art and literature have responded to a new moment, one both more globalized and less exceptional; more concerned with local quotidian worries than international alliances; more threatened by the depredations of planetary capitalism and climate change than by the vagaries of the nation’s government. Rachel Price examines a fascinating array of artists and writers who are tracing a new socio-cultural map of the island.

Wednesday, March 4, 2015

Contigo en la distancia- Del escritor Ahmel Echevevarria sobre autores cubanos de la Generación O

publicado originalmente en cubacontemporanea

Imagen de ahmelContigo en la distancia
Por Ahmel Echevarría. 4 Mar 2015 



Propiciar el desplazamiento físico y mental, ejecutar entonces la disección, el análisis. El mar de por medio, gélido invierno. Temperaturas por debajo de cero en la escala de los grados Celsius. Silencio. Blanco el paisaje. ¿Son estas las condiciones ideales para entender un fenómeno… un fenómeno literario gestado al interior de un archipiélago donde incluso en pleno invierno el calor, cuando el sol cae vertical, no solo te dora, también te asa?
Pongamos por delante la calma, la manera exacta de nombrar. Analizar, en el cálido clima de una habitación en una ciudad casi helada (la de un hotel llamado Old Court -bed and breakfast- en Providence, Rhode Island), un grupo de escritores que han sido reunidos bajo una etiqueta: Generación Cero -jóvenes, en su mayoría viven en la isla mayor de un tórrido archipiélago: Cuba.
Generación CeroNo es exactamente un fenómeno literario; digamos mejor: maneras de leer, de asociar, escribir. Diferentes maneras de establecer líneas de fugas, alianzas. Agenciarse su propia tradición o su propia noción del campo literario, del mundo.
Esta es una manada de escritores que casi siempre andan en solitario. Tal parecen tener más diferencias que similitudes. ¿Una suerte de paradoja? Comenzaron a reunirse en los “años ceros”, es decir, iniciándose la primera década del nuevo siglo y milenio: del 2000 al 2010. En esa década aparecerían sus primeros libros.
Un paréntesis para La Lista: Legna Rodríguez, Anisley Negrín, Osdany Morales, Abel Fernandez-Larrea, Agnieska Hernandez, Orlando Luis Pardo Lazo, Jorge Enrique Lage, Raúl Flores Iriarte, Michel Encinosa Fú, más un breve etcétera.
De los autores de la Generación Cero más atendidos por la crítica, rápido y mal comienzo a nombrar una suerte de genealogía nacional que les interesa: Lorenzo García Vega, Miguel Collazo, Carlos Montenegro, Virgilio Piñera, Guillermo Rosales, Ángel Escobar, Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima, Calvert Casey, Enrique Labrador Ruiz, Reinaldo Arenas, José Kozer… Los puntos suspensivos para no absolutizar, para no perpetrar una serie cerrada que daría paso a una serie de equívocos. Bien mirado, en la genealogía de autores malamente citados no son pocos los marginados y suicidas. 
Al interior del retrato de grupo -o selfie que intento, toda vez que soy “juez y parte”- no solo está la angustia, también aparecen el carnaval y el desenfreno, el absurdo. ¿El motivo de la elección? Centrémonos en esa genealogía de escritores cubanos que tienen en la mira: para marginales o suicidas no está contemplado un destino verdaderamente luminoso.
¿Cómo ve la utopía, o el fracaso de una utopía, alguien que no encuentra cabida en ella? De interesarles, marginales o suicidas le entran de costado sin pasar por alto los detritos (incluso a nivel de lenguaje), a los márgenes o fronteras, a quienes habitan los márgenes o la frontera, a la cristalización del absurdo, el dolor, el desparpajo (contamina incluso el propio lenguaje del texto), los fluidos, la fiesta. Pienso además en patetismo e ironía a la hora de modelar conflictos y personajes.
Esos escritores se concentraron en su obra guiados o empujados por una obsesión, o por la angustia y el miedo, incluso no debo descartar la cólera y el odio. Esa energía “fatídica” ha generado obras bien singulares (De Hombres sin mujer a El color del verano, pasando por Boarding home o las novelas “gaseiformes” de Labrador Ruiz, o los delirios narrativos de un “colérico Caín”).
Puesto ya en el final de esta suerte de salto o distanciamiento físico y mental, es menester agregar que entre los rasgos comunes de la Generación Cero está el haber asistido a la dilución de un sueño, de una utopía; pienso con no poca duda en la “instauración del desencanto”, ¿hasta qué punto fue, en su totalidad, una generación “encantada” con el performance cultural, social, político y económico de la nación? 
La vida en el no-lugar (la casa de tránsito ya sea porque se deja atrás el barrio o la provincia natal o el país, las redes sociales, el blog, una revista digital) es otro elemento común. En la mayoría de estos escritores, de haber algún tipo de compromiso el adjetivo que le corresponde no debe ser otro que: estético. El dolor, el placer y la fiesta también les competen.
Su tiempo es el de las redes sociales, lo cual los modifica en tanto actores de una sociedad que no es, definitivamente, la de los 60, los 80, ni siquiera la de los duros 90 -Cuba en esa década vivió una de sus más severas crisis: el Período especial. 
Las urgencias son otras, el contexto es otro. Los dispositivos de vigilancia y control, las herramientas para generar necesidades y carencias, para influir en los patrones de gustos y el consumo forman parte del entorno virtual (ya tan real como la calle, el bar, un parque, el Malecón…). Ese es el contexto que le ha tocado en suerte a la Generación Cero y desde el cual debe pensar el texto, la obra, la vida.
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Monday, June 30, 2014

Por un futuro contemporáneo. ensayo de Iván de la Nuez

Publicado originalmente por y en el blog de Ivan de la Nuez 


Nadie sabe el pasado que le espera.
Proverbio cubano de mi generación.

El futuro ya está aquí, sólo que no está bien repartido.
William Gibson.
 1. Esta historia comienza en el futuro y en una ciudad. Y justo allí, en ese tiempo y ese espacio, a un narrador le es diagnosticada una enfermedad a la vez que al Máximo Líder, hasta el momento intocado y eterno. Entonces, concibe un personaje, alter ego del autor, que tiene una pesadilla recurrente: el dedo del Máximo Líder lo ha elegido para que lo saque a pasear, empujando su silla de ruedas entre la multitud por unas calles algo hostiles que no siempre reconocen del todo.
El escritor se llama Ahmel Echevarría; la novela, Días de entrenamiento; la ciudad es La Habana y el anciano es Fidel Castro. Un Fidel Castro que ahora conoce la realidad del joven, allí abajo, sólo que ya no está en condiciones de modificarla. Ha pasado de pregonar el futuro a habitarlo. Ha dejado de ser inmortal para convertirse en contemporáneo.
En la misma ciudad, el mismo futuro, tiene lugar una explosión. Un Big-Bang devastador del que sobrevive milagrosamente una niña. Una preadolescente que huye, completamente desnuda, por ese perímetro “indeterminable” que es también La Habana. Así que asesina a otro niño al que roba su uniforme de pionero, un atuendo masculino con el que entrará, simultáneamente, en el porvenir y en la pubertad. Un porvenir en el que está llamada a sobrevivir con los roles cambiados, en medio de un enjambre de tribus urbanas, mafias diversas, poderes sin escrúpulo cuya forma estética por excelencia es la de un infinito reality-show.
Todo esto sucede, por supuesto, en otra novela. Su autor es Jorge Enrique Lage, la niña se llama Evelyn y el título evoca, directamente, un descubrimiento que cambió el futuro de la arqueología: Carbono 14. Una novela de culto.
En Ginebra la gente no tiene pinta de estar aguardando por el futuro. ¿A qué viene una inquietud de esa naturaleza en la ciudad de los bancos y los relojes donde todo parece funcionar como un banco y un reloj? ¿Para qué ese sueño si, en otros mundos, cuando un país funciona se le llama, precisamente, “la Suiza” de? ¿A cuenta de qué un sueño tan inútil si, tal como va el mundo, resulta difícil imaginarle a los suizos alguna capacidad de mejora?
Pues bien, en ese porvenir sin porvenir hay un escritor cubano. Y, en contra de lo que cabría esperarse, ha conocido territorios que hacen crujir los engranajes del futuro perfecto. Su nombre es José Antonio García Simón, y ha construido un personaje -David- que se desplaza entre conflictos con inmigrantes, movimientos alternativos, grupos que protestan contra el capitalismo.
David escucha conversaciones de gente totalmente persuadida de que el futuro no está allí, en la pulcra ciudad donde descansa Borges, sino… ¡en La Habana! Una ciudad que es el paraíso de la gratuidad, la educación y la salud. La capital de un país que incluso se ha ahorrado ese estandarte que en otro tiempo guió el futuro de Occidente y que ahora declina sin paliativos: la democracia.
Obviamente, David vive dentro de otra novela, En el aire, y su autor sabe lo que es ser atosigado con las previsibles inquisiciones sobre Cuba. Las mismas preguntas retóricas que han convertido a cada cubano en un oráculo errante –y por lo general errado- de sí mismo. Preguntas que siempre encuentran tiempo para afearle su exilio. Y no sólo porque lo consideren un apátrida, una criatura fuera de su espacio natural. Lo que más les perturba, si cabe, es su estancia fuera del tiempo: ¿cómo es que alguien puede fugarse del futuro así, tan frescamente?
Ahmel Echevarría nació en 1974, Lage en 1979, José Antonio García Simón en 1976. Todos forman parte de la generación cubana posterior al Hombre Nuevo, aquella que surgió del baby boom de la revolución en los sesenta. Los tres manejan claves incómodas para los “transitólogos” profesionales y, en general, para aquellos a los que les gusta conjugar el porvenir bajo el mandato de la perfección. Los tres escriben una literatura no futurista del futuro, si así puede decirse, y testimonian un breve lapso –un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la cubanidad- en el que las largas esperas de todo un siglo se han precipitado sobre el país, aquí y ahora.
En semejante concentración, afloran las paradojas de un país asimétrico en el que tiene lugar una vida poscomunista dentro de un régimen comunista, la problemática identificación entre nación y territorio, una vida que bascula entre autoritarismo y cultura del espectáculo, partido único y turismo, polo científico y remesas familiares, modelo chino y sabor cubano…
Y martillando sobre todo esto, la separación asumida en nuestros días entre mercado y democracia (más bien su colisión), en ese país al que el futuro ha tomado por sorpresa, mientras gobierno, oposición, y sus centenares de transitólogos se lo adjudicaban en exclusiva: para los unos, ellos -y sólo ellos- ya eran el futuro; para otros, ellos -y sólo ellos- pronto lo serían.
Para estos escritores, sin embargo, la transición está más cerca de un limbo entre la predemocracia y la posdemocracia.
Y el futuro es esto.
Ni perfecto, ni deseado, ni prometido. Tan sólo eso que está pasando ahora mismo mientras las autoridades, sus opositores y sus intelectuales se dedican a planificarlo.
2. Empezar por Cuba para hablar del futuro no obedece, exclusivamente, a un estímulo biográfico. Claro que el hecho de haber nacido con la Revolución tiene su influencia. Como la tiene el haber escuchado desde la infancia queaquello era el porvenir y que, en ese tiempo posterior, mi generación, primera y única “libre del pecado original” del capitalismo según el Che Guevara, se alojaría para siempre.
Pero lo cierto es que hoy, lejos de aquel origen incontaminado y con unos cuantos pecados capitalistas adquiridos, esa isla del Caribe aparece como algo más que mi lugar de procedencia: es sobre todo una escala pertinente del mundo, quizá un espejo para calibrar el porvenir y su emplazamiento contemporáneo.
En la Cuba de hoy colisionan dos modelos de futuro en los que lo contemporáneo dejó de ser aquello que ocurría en nuestra época para convertirse en aquello que ocurriría para siempre. Su lado marxista sigue abonado a la historia contemporánea según los términos leninistas, con el socialismo como su última y definitiva parada. Expandida desde 1917 con la revolución bolchevique, esa contemporaneidad se fundiría con la eternidad, de la misma manera que el futuro y el comunismo se habían amalgamado en una sola palabra.
Pero en Cuba tiene asimismo un impacto considerable el desplome de esa noción, una vez demostrada la finitud del socialismo real con el derrumbe del imperio soviético. Y es ahí donde su lado capitalista –con todos los maquillajes que se le quiera aplicar a esta palabra- está obligado a lidiar con la nueva, y asimismo falsa,  contemporaneidad que se abre después de 1989 tras el derribo del Muro de Berlín. Esa otra eternidad también usurpa el futuro en nombre de la inmortalidad, propuesta por el Fukuyama del fin de la historia. El advenimiento mundial del liberalismo infinito que se instalaría para siempre entre nosotros como una distopía lisérgica de Aldous Huxley.
En esa encrucijada, el lado socialista mantiene que la transición ya sucedió, en su afán –discursivo- de eternizar el socialismo. Mientras, su lado capitalista insiste en que la transición todavía no ha tenido lugar, en su afán –no menos discursivo- de eternizar el liberalismo. Para los primeros, Cuba se perfecciona, cambia, evoluciona, pero jamás pasará el puente que ya transitaron los países del Este. Y para los segundos, la transición ni siquiera ha llegado, por la sencilla razón de que no se puede hablar de ella mientras no se convoquen elecciones multipartidistas, se implante a gran escala la economía de mercado y se abra la pluralidad de los medios de comunicación.
Lo que ocultan unos y otros –y lo que estos y otros libros de esta época cubana nos dejan ver- es algo tal vez más sencillo. No es que la transición no sea necesaria, como afirman unos. Ni que la transición no haya comenzado todavía, como rematan otros. Es que, desde hace mucho tiempo, ese país no vivido otro estadio político que el de la transición. Y que ese estatuto transitivo se ha sentido la mar de cómodo a la hora de administrar una contemporaneidad infinita despojada de cualquier futuro.
3. No debe ser casual que sean la historia –encargada de reescribir los hechos- y el arte –que se ocupa de estetizarlos- los dos estamentos en los que esta idea inamovible de lo contemporáneo haya encontrado una raigambre tan fuerte como asfixiante. Ni que “la historia después de la historia” que nos endosara Fukuyama para definir el fin de la era contemporánea corriera tan plácidamente en paralelo al “arte después del arte” con el que Arthur Danto nos atizó para acomodar la estética contemporánea.
La caída de una de estas eternidades falsas, y el ascenso de la otra, son más parecidas de lo que se suele asumir. Ambas coinciden en la sublimación de un presente continuo; certificado por ese prolongado velatorio en el que hemos subsistido durante generaciones, avezados en el arte de amortajar cadáveres a los que ha sido más fácil asesinar que enterrar.
La catarata funeraria no ha conocido fronteras, y así ha ido notificando las defunciones del comunismo y el arte, la historia y el Hombre, la verdad y las ideologías. A partir de ahí, nuestra contemporaneidad sólo podría aspirar a una existencia prefijada -en el post de todas las cosas- y a esa posteridad sin porvenir que Peter Sloterdijk tuvo a bien bautizar como la “era del epílogo”.
En esa cuerda, da lo mismo que Luis Goytisolo decrete el fin de la novela, que Fukuyama valide el final de la historia, que Milan Kundera piense en Bacon como “el último pintor”, que Roger Caillois defina a Picasso como el “gran liquidador del arte” o que Adorno niegue posibilidad a la poesía después de Auschwitz…
Todo eso es secundario comparado con nuestra disyuntiva, que ha sido la de unos zombies obligados a hacer arte después de Picasso, pintura después de Bacon o historia más allá del comunismo.
Acaso el reto para las actuales generaciones –las habitantes del “post”-, ya no consista en notificar, muerte a muerte, todo eso que se acaba y de cuyas carroñas, sin embargo, no dejamos de alimentarnos, en la persistencia de una práctica forense que empieza a aburrir soberanamente. Tal vez sea el momento de nombrar en positivo nuestra experiencia; y esto pasa por enterrar de una vez los cadáveres que le sirven de lastre. 
4. El 9 de noviembre de 2012 se cumplían 23 años de la caída del Muro de Berlín. Era un viernes y ese día Francis Fukuyama lo “celebró” dejándose caer por los almacenes Sears de su barrio. Se encaminó a la zona de herramientas, el Tool Departament, y desde allí escribió un tweet para sus 13.000 seguidores de la época: “me he sentido nostálgico”.
Herramientas, nostalgia, Sears…
La secuencia perfecta para que Fukuyama -el hombre del fin de la historia, el hombre que nos anunció un largo y feliz aburrimiento, el hombre del último hombre- tuviera un ramalazo ludita. Una añoranza por la era del trabajo manual y quién sabe si por la guerra fría. Un fogonazo de melancolía por el bricolage del domingo antes de la barbacoa, tal vez ayudando a su padre a reparar algo en el porche. Abandonado al recuerdo de una época en la que el capitalismo tenía, todavía, tintes bucólicos; con sus batidos en Woolworth, el periódico volando hasta el portal y el litro de leche en la puerta.
El hombre para el cual, parafraseando a Lennon sobre Elvis, antes del 89 “no existía nada”, va y se nos deja abatir un 9-11 por el recuerdo de esos tiempos en los que, por existir, incluso existían la historia y el futuro. Por esa época en la que los humanos del siglo XX aún se organizaban alrededor del porvenir como los humanos primigenios se habían sentado alrededor del fuego. Una era en la que aún eran válidas las metas y en la que alcanzarlas era incluso menos importante que perseguirlas.
Había una misión y la vida quedaba supeditada a tratar de cumplirla…
Luminoso o cruel, producto de la lógica o de las supersticiones, añorado por las masas o urdido por los tiranos, el porvenir dibujó durante siglos los planos de la historia y de las relaciones entre las personas. Sembró el poder y alentó la resistencia. Las pirámides y la Muralla china fueron el futuro. La catapulta y la locomotora fueron el futuro. Da Vinci y Verne fueron el futuro…Y una perra en el cosmos y el hombre en la luna. El futuro fue la Revolución francesa y la democracia. Los bolcheviques y Mao con su larga Marcha. El futuro perteneció a la imprenta y al librecambio, a la máquina de vapor y al comunismo.
Los padres trabajaban, iban a la guerra o hacían revoluciones para que sus hijos tuvieran, precisamente, un porvenir mejor que el suyo. Así que el futuro es, también, todo eso que un buen día no se cumplió. Y eso, tal vez, cayó de repente sobre Fukuyama en aquel aniversario del hecho por el que proclamó el fin de la historia, que nunca significó la muerte del pasado sino la muerte del futuro.
5. Así pues, ya no es que merezcamos un futuro mejor. Es que nos merecemos un futuro a secas. No un futuro mañana, sino ese futuro que está sucediendo hoy y que se nos esquilma en favor de una contemporaneidad que no le deja resuello.
No se trata de una tarea fácil, dado que una causa fundamental de esa pulverización del porvenir en los últimos años no sólo está vinculada a la caída del comunismo. Al mismo tiempo, viene aparejada a la remoción provocada por el auge de las nuevas tecnologías: no fueron pocos los que creyeron que al porvenir ya no llegaríamos por caminos humanísticos sino tecnológicos. El futuro, digámoslo así, sería un destino por el que no deberíamos preocuparnos, para eso estaban las máquinas.
Estos dos grandes eventos –desplome del comunismo, apoteosis de la tecnología- removieron asimismo los temas propios del futurismo, que pasó de ser un asunto optimista para alcanzar visiones apocalípticas. Si rastreamos la ciencia ficción de los últimos veinte años, constatamos que, mientras más verosímiles pueden ser las tramas –la tecnología puede conseguirlo casi todo en una pantalla-, menos habitable resulta ese futuro poblado por cyborgs, congelamientos, sectas posthumanas, catástrofes ecológicas. En casi todas, el hombre es parte del pasado, no sólo porque no tenga lugar en el porvenir sino porque no puede mejorarse a sí mismo como ser humano ni a ese porvenir en el que está obligado a habitar como un homeless.
6. Si el desvanecimiento del futuro estuvo vinculado al fin del comunismo, su reaparición tiene mucho que ver con la creciente certeza sobre el carácter finito del capitalismo. Eudald Carbonell, por ejemplo, no tiene duda de que el capitalismo desaparecerá en el siglo XXI, más que por una revolución, por un proceso de “muerte térmica”. De esto, y del porvenir, habla en sus recientes memorias, que tienen este sugerente título: El arqueólogo y el futuro.
Que un arqueólogo nos ofrezca esas pistas para habitar el mañana podría considerarse, en principio, una ironía. Entre otras cosas porque no se está hablando aquí en términos metafóricos ni en la cuerda utópica que recorre Frederic Jameson al hablar de su arqueología del futuro. Tampoco en la línea de Foucault y su arqueología del saber. Habla la experiencia de alguien que se dedica a horadar el terreno, convencido de que el arcano de nuestro porvenir no lo encontraremos en un juego de anticipación, sino en un ejercicio de excavación. Y esto es así porque el futuro no ha sido aplazado, sino escondido; es preciso sacarlo a la luz antes que esperar por él.
Necesitamos, entonces, una historia del futuro en condiciones. O, al menos, un “recuerdo del porvenir”, como reza en la puerta de una taberna mexicana.
Porque si el futuro ya está aquí: si es esto que estamos viviendo, más nos vale hurgar en las distintas capas de la superficie que lo ocultan antes que seguirlo tapando con las capas de barniz que lo recubren.
Ya lo hemos apuntado: no es una tarea fácil. Es complicado hablar del futuro cuando se nos repite por todos lados el estribillo de que los jóvenes se han quedado sin él. Esto es: clamar por el porvenir entre gente a la que se le ha negado.
Hace medio siglo, en El libro que vendrá, Maurice Blanchot se enfrentó a algo parecido cuando se preguntó por el porvenir de la literatura. En ese libro hay un capítulo -“De un arte sin porvenir”- que no puede ser más explícito. Pero lo paradójico, lo creativo, es que precisamente en esa falta de destino Blanchot encontrara las cifras para esbozar el mañana. Porque el futuro de una vida sin futuro tendría al menos una ventaja: la de no tener como corolario “el poder y la gloria”, sino la condición excepcionalmente precaria del punto de partida. (“Cualquier gran arte se origina en una carencia excepcional”).
Aquel futuro de Blanchot se parece suficientemente a donde nos encontramos ahora. Como si nos hubiera anticipado nuestro presente y a la vez nuestra cobardía por haber cambiado el porvenir por ese presente continuo al que hemos nombrado, para siempre, contemporaneidad.
Mas, a diferencia de lo que entonces veía Blanchot, no parece que el futuro de hoy pueda identificarse con la figura de Moby Dick, la ballena inalcanzable que agita en el horizonte nuestros sueños de grandeza, sino con aquel animal asediado que el pescador de El viejo y el mar sabe que tiene que arrastrar hasta la costa.
Un monstruo que mostramos en la orilla como la prueba definitiva de que hemos lidiado con él, de que está aquí y de que podemos llamarle, por fin, nuestro contemporáneo.
(*) Publicado en La Maleta de Portbou, número 5, mayo-junio de 2014. 
(*) En la imagen, detalle de Revolución una y mil veces, de Reynier Leyva Novo. Se recomienda hacer click sobre ella para entenderla mejor.

Wednesday, June 4, 2014

Distinciones entre la revista Orígenes y el Origenismo- Rafael Rojas

Texto originalmente publicado en el blog Libros del Crepúsculo, del historiador y ensayista Rafael Rojas


Hojear Orígenes

Varias décadas llevamos, en medios intelectuales y académicos cubanos, debatiendo ese fenómeno cultural llamado Orígenes (1944-56). Si ese debate no escenifica una dialéctica de la tradición, que preserva el decadente estatuto de una “literatura nacional”, que vengan Borges o Bloom y lo vean. Sin embargo, luego de revisar todos los números de la revista, con el propósito de reconstruir sus estrategias de traducción, me pregunto si realmente hemos leído Orígenes, la revista, si no hemos confundido Orígenes con el “origenismo”, que es otra cosa.

Digamos para abreviar que el origenismo es el relato sobre Orígenes, construido por Lezama en los 60 y 70 y, sobre todo, por Vitier, entre los 80 y 90. Un relato que apunta a una religión, una ideología, una política y una manera de entender la literatura como “cifra de las esencias poéticas de la nación”. Como sabemos, hay momentos de la obra de Lezama que convergen en ese origenismo y otros que no. Lorenzo García Vega, que persistió, a su modo, en la confusión entre Orígenes y el origenismo, iniciada, tal vez, por Lunes de Revolución, tuvo, en cambio, muy clara la diferencia entre Lezama y el origenismo.

Para empezar, Orígenes, la revista, se definió a sí misma como una revista de “arte y literatura”, entendiendo por arte, pintura, escultura y música. No fue aquella una revista literaria sino una revista cultural, pero la hemos leído, fundamentalmente, como revista de literatura o, específicamente, de poesía. No se entiende Orígenes sin la pintura de Mariano y Portocarrero, Amelia Peláez y Wifredo Lam y sin las críticas de arte de Guy Pérez Cisneros, James Johnson Sweeney o Robert Altman o los escritos sobre música de Julián Orbón.

Aunque era la poesía el género primordial de los miembros de grupo, Orígenes publicó mucha narrativa no origenista que los estudiosos, por lo general, no leen: Alejo Carpentier, Enrique Labrador Ruiz, Lino Novás Calvo, Lydia Cabrera, Alcides Iznaga, Guillermo Cabrera Infante… Al lado de toda la narrativa que se publica en la revista y de la voluminosa oferta de poesía internacional, especialmente norteamericana, francesa y española, la poesía de los propios origenistas deja de ser un texto central en la publicación.

No creo que hayamos aquilatado, verdaderamente, el cosmopolitismo de Orígenes. La revista no fue, como tanto se ha repetido, la coronación de una genealogía de revistas católicas previas (Espuela de Plata, Clavileño, Nadie Parecía) sino algo nuevo: una transacción entre Lezama y el gran articulador de esa red internacional, que fue José Rodríguez Feo. Hoy por hoy, el mayor damnificado del origenismo, el neorigenismo y los críticos de ambos, es Rodríguez Feo, no Piñera. En tan sólo cinco años, de 1945 a 1949, Rodríguez Feo ensartó varios círculos foráneos a esa red internacional. 

Cuando la revista es fundada por Mariano, Lozano y Lezama, en 1944, éste último se relacionaba con un pequeño grupo de escritores de la isla y, acaso, con Juan Ramón Jiménez y María Zambrano. Con Rodríguez Feo la red se abre a los modernistas norteamericanos (Eliot, Williams, Stevens) pero también a Katherine Ann Porter y Elizabeth Bishop, más los críticos literarios Francis O. Mathiessen y Harry Levin, que habían sido profesores suyos en Harvard, a surrealistas y existencialistas franceses, como Louis Aragon, Paul Eluard y Albert Camus –con frecuencia se dice que las traducciones francesas eran de Lezama y Vitier, pero algunas de las primeras también fueron de Rodríguez Feo, quien tomó un curso intensivo de francés en Princeton- a los más jóvenes del exilio español (Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Luis Cernuda…) e, incluso, a los mexicanos y argentinos, que llegan a la revista, también, gracias a Virgilio Piñera. 

En aquellos años, Rodríguez Feo viajó con frecuencia a Nueva York, Madrid, París, pero también a México, donde se entrevistó con Alfonso Reyes y consiguió las portadas e ilustraciones de José Clemente Orozco y Rufino Tamayo. No hay mayores rastros del viaje de Lezama a México, en 1949, con Gastón Baquero, en la historia cultural mexicana, pero no sería difícil reconstruir la historia de los viajes a ese país de Rodríguez Feo, a fines de los 40 y principios 50, sus entrevistas con escritores y pintores, a quienes conoció, en buena medida, gracias a su amiga María Luisa Gómez Mena, pareja por entonces de Manuel Altolaguirre, y ubicada en el centro de las élites culturales del D.F. 

La relación entre Rodríguez Feo, Gómez Mena, José Gómez Sicre, Lozano, Mariano, Amelia y otros pintores, en aquellos años, apunta a una conexión de Orígenes con las clases altas de la isla que no se ha querido estudiar. Habría que reconstruir con mayor exactitud la lista de suscriptores de la revista para hacernos una idea más aproximada del apoyo de la burguesía cubana a la publicación –más allá del dato elemental de que fuera el hijo de un hacendado azucarero quien financiara íntegramente la revista por más de diez años- y para volver a tejer, imaginariamente, aquella red internacional que distingue Orígenes no sólo de otras revistas anteriores y posteriores sino de la mayoría de las revistas latinoamericanas de su época, a excepción, tal vez, de Sur.


Si entendemos la revista como negociación entre Lezama y Rodríguez Feo es más fácil comprender el paradójico editorial del primer número en el que se hablaba, por un lado, de la poesía como “penetración en la casa del ser” y, por el otro, de una “tradición humanista de la libertad”, fácilmente asociable a la herencia “americana”, de Melville y Whitman, Emerson y Santayana, que Rodríguez Feo defendió en sus primeros ensayos en la revista. Hay un momento, en ese editorial del primer número, que puede leerse como confesión indirecta de que la revista está atravesada por diversas corrientes internas, que se disponen a coexistir en una “tensión” o en una “fiebre”.

El malestar de Lezama, Vitier y otros miembros del grupo con esa idea “humanista” de la cultura, que incluía registros contradictorios como Heidegger y el fundamento de la metafísica, Nietzsche y el nihilismo, Camus y el existencialismo, Santayana, Eliot y el modernismo, Salinas, Guillén y la nueva generación del exilio español y que no excluía, a su vez, la filosofía y la crítica cultural académicas, comienza a hacerse perceptible en la correspondencia entre los dos codirectores desde fines de los 40. En algunos números, como el 6 de 1945 o el 22 de 1949, llegó a predominar la idea de la cultura de Rodríguez Feo. A partir de este momento, cuando aparecen el primer capítulo de Paradiso y las últimas colaboraciones de Virgilio Piñera, Orígenes comienza a volverse otra cosa. 

El número 26, de 1950, con el homenaje a Arístides Fernández, será propiamente el primer número de la “familia Orígenes” (Lezama, Gaztelu, Vitier, García Marruz, Diego, Orbón y García Vega). Ahí está la raíz del mito de la “pobreza” y el nacionalismo de Orígenes, como reconocería luego García Vega. A partir de entonces el rol de Rodríguez Feo como ensayista se debilitará notablemente y la ausencia de Piñera privará a la revista de su más clara voz discordante. Rodríguez Feo ejercerá una última resistencia a través del envío de colaboraciones de los más jóvenes de la generación del 27 y de algunas de sus últimas traducciones de norteamericanos y franceses. La “Crítica paralela” de Jiménez a Aleixandre, Guillén y Salinas es, también, la crítica de Lezama y la “familia” a la idea cosmopolita de la cultura de Rodríguez Feo. 


Aún así, si alguien está interesado en constatar el peso de la red internacional creada por Rodríguez Feo, que hojee los últimos números dirigidos por él. Ahí verá un Comité de Colaboración compuesto por Vicente Aleixandre, Enrique Anderson Imbert, Jean Cassou, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Harry Levin, Alfonso Reyes y hasta María Zambrano. Luego de la ruptura, esas conexiones se fueron con Rodríguez Feo y fue ese cosmopolitismo el que, en buena medida, fundó Ciclón y propuso, por primera vez, “borrar” Orígenes. No todo Orígenes, desde luego, sino el Orígenes de la familia. A partir de Lunes y, sobre todo, en las dos últimas décadas, los llamados a “olvidar Orígenes” disolvieron todo Orígenes en el origenismo.

Monday, May 19, 2014

List of readings keeps expanding. This time: Guillermina de Ferrari latest book Community and Culture in Post-Soviet Cuba.


De Ferrari joins a growing list of woman scholars who have recently been publishing seldom books and texts reflecting on post-soviet Cuban culture.

Is it possible to identify the emergence of a distinct female gaze in studies about Cuba's cultural production and narratives of identity since the end of the 20th century, including but not limited to literature? If that is the case, what does this entail?

De Ferrari, Guillermina. Community and Culture in Post-Soviet Cuba. New York: Routledge, 2014.


Book Synopsis: Following the disintegration of the Soviet Union, the globalization of Cuban culture, along with the bankruptcy of the state, partly modified the terms of intellectual engagement. However, no significant change took place at the political level. In Community and Culture in Post-Soviet Cuba, De Ferrari looks into the extraordinary survival of the Revolution by focusing on the personal, political and aesthetic social pacts that determined the configuration of the socialist state.Through close critical readings of a representative set of contemporary Cuban novels and works of visual art, this book argues that ethics and gender, rather than ideology, account for the intellectuals’ fidelity to the Revolution. Community and Culture does three things: it demonstrates that masculine sociality is the key to understanding the longevity of Cuba’s socialist regime; it examines the sociology of cultural administration of intellectual labor in Cuba; and it maps the emergent ethical and aesthetic paradigms that allow Cuban intellectuals to envision alternative forms of community and civil society.

Wednesday, May 7, 2014

Latest books by three women thinkers on Cuba. Odette Casamayor, Jacqueline Loss and Lilian Guerra. Highly Recommended.

Monday, April 14, 2014

Puestos pá su cartón: editoriales alternativas en Cuba

Publicado por Diario de Cuba


Confección de un libro en una editorial cartonera argentina, Eloísa Cartonera.
La publicación alternativa comienza a jugar sus cartas en paralelo con un sistema editorial necesitado de reinventarse: surgen editoriales cartoneras.

El mundo del libro en Cuba experimenta la incorporación de nuevos actores. La publicación alternativa comienza a jugar sus cartas en paralelo con un sistema editorial necesitado de reinventarse en varios sentidos.


Detalle de la portada de 'El hilo rojo' de Daniela Hernández Gari, publicado por la editorial cubana Samandar.
En aproximadamente un año y medio, el nacimiento de tres proyectos editoriales en las afueras del eje conformado por el Ministerio de Cultura y el Instituto Cubano del Libro, puede considerarse un hito en la historia reciente del libro en la Isla: finalmente los ecos de la edición independiente, y más concretamente de las llamadas "editoriales cartoneras", han encontrado asidero por acá.
Ediciones Samandar, Costanera Editorial y Ediciones Encaminarte son los primeros brotes cartoneros en la Isla, 10 años después de que ese fenómeno comenzara a tomar auge en América Latina y se convirtiera, en poco tiempo, en un factor clave para pensar las dinámicas editoriales en el continente.
"Hay una especie de necesidad, de espacio vacío, que hay que cubrir. Uno no está buscando siempre esos grandes espacios editoriales", dijo Teresa Fornaris, de Ediciones Samandar, enla premiación del Concurso Internacional El Vuelo del Samandar 2013, el pasado noviembre.
Ediciones cartoneras en Cuba
Las editoriales cartoneras se basan en la manufactura de libros a partir del reciclaje de desechos, fundamentalmente cartón para hacer las tapas de cada ejemplar. Surgen como respuesta a las condiciones económicas desfavorables en sus respectivas sociedades, y frente a un mercado editorial que sus miembros consideran agresivo y excluyente.
En el caso de Cuba, las cartoneras llegan en un momento de relativa recesión y cambios trascendentales en el entorno editorial, tras el boom que caracterizó al sector en la década pasada.
Datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información para el periodo 2006-2011, revelan que las publicaciones de "Literatura" comenzaron a reducirse desde 2010, y al año siguiente llegaron a caer hasta en un 7% respecto del momento en que más títulos se habían publicado bajo esa etiqueta,  el año 2006.
Por otra parte, para la gran mayoría de las editoriales cubanas, las décadas de subvención estatal han llegado a su fin. Su conversión acelerada en empresas desde 2012 a la fecha, les deja menor margen para arriesgarse con autores noveles, por el tema de los índices de venta. La poesía cede espacio a las reimpresiones de títulos exitosos, las recetas de cocina y la autoayuda. 
Por otra parte, el libro electrónico no termina de erigirse como una alternativa viable para la promoción y legitimación de la obra propia, en un país donde menos del 20% de la población tiene un acceso  limitado y azaroso a internet.
 ¿Alternativos o institucionales?
El concepto de libro-arte o manufacturado ya tuvo sus antecedentes en la Isla desde el siglo pasado: Ediciones Vigía fue creada en Matanzas en 1985, mientras que la holguinera Cuadernos Papiro data de 2001. Pero ambas se inscriben de lleno en las estructuras institucionales, con su permiso de comercialización incluido.
Por su parte, Banco de Ideas Z fue un proyecto de promoción cultural más cercano al espíritu no lucrativo que define a las cartoneras. Fundado en La Habana en 1993, publicaba ediciones de autor, plaquettes y libros-arte, entre otros materiales promocionales.
Las nacientes cartoneras cubanas se mueven en esta cuerda por ahora. Son iniciativas personales no regularizadas legal o institucionalmente, sino que se ubican en la zona limítrofe de los centros culturales establecidos, con los que convergen frecuentemente en el terreno de la promoción artística. Incluso varios de estos escritores devenidos gestores culturales se desarrollan profesionalmente dentro del espacio institucional: Ediciones Samandar es liderada por Teresa Fornaris, directora de la Casa de la Poesía en La Habana Vieja; Costanera Editorial es un proyecto de Yanelys Encinosa, especialista en el Centro Cultural Dulce María Loynaz; y Ediciones Encaminarte, con base en Las Tunas, ha buscado cobijo en las secciones provinciales del Ministerio de Cultura (MINCULT), la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y su antesala juvenil, la Asociación Hermanos Saíz (AHS).
Este nivel de cercanía entre alternativos e institucionalidad es recurrente en las dinámicas culturales cubanas. Con ello los creadores —en este caso los "cartoneros"— implementan estrategias de supervivencia ante la imposibilidad de vender los libros que producen, al tiempo que consiguen la aquiescencia tácita de los circuitos oficiales para seguir desarrollando sus proyectos.
El negocio editorial en Cuba es competencia exclusiva del Estado. La Constitución de la República, en su artículo 52 (inciso 1), reconoce a los ciudadanos libertad de palabra y prensa, pero aclara que todos los medios de difusión masiva "son de propiedad estatal o social y no pueden ser objeto, en ningún caso, de propiedad privada, lo que asegura su uso al servicio exclusivo del pueblo trabajador y del interés de la sociedad".  
Sin embargo, las recientes reformas económicas emprendidas por el Gobierno normalizaron la impresión y encuadernación de documentos como una de las modalidades del "trabajo por cuenta propia", una forma de iniciativa privada bajo supervisión estatal.
En la práctica, una línea muy tenue separa la impresión —ahora legal— de libros por encargo, de la edición y venta. Así lo explicó Yanelys Encinosa, creadora de Costanera Editorial, en el panel "La autogestión editorial como alternativa para la promoción de la joven literatura", celebrado en el Pabellón Cuba el pasado febrero: "lo más parecido a poder entrar en un marco legal sería sacar una licencia de 'cuentapropista' como impresora particular o como artesana (….) La legalidad debería pensar en este tipo de figuras: pequeñas editoriales, una cooperativa de diseñadores, editores, impresores... Que si un sello independiente está en capacidad de producir y vender 100 o 200 ejemplares, lo pueda hacer".
Mientras tanto, los tuneros de Ediciones Encaminarte ya han dado pasos con el tema del financiamiento, al gestionar coediciones con una editorial estatal de la vecina ciudad de Holguín: "Con [Ediciones] La Luz, pensamos editar futuros textos (...) con nuestra estética y la ayuda de sus ISBN", comentó en una entrevista Junior Fernández, su director.
Hacerse visibles, el gran reto
Con tiradas que fluctúan entre uno y 200 ejemplares, número de miembros variable para cada nuevo libro que emprendan, y fuentes de financiamiento adaptables a las condiciones materiales de los autores y la propia editorial, el incipiente universo de las cartoneras cubanas parece vivir el momento mágico de lo iniciático y lo tentativo, del work in progress.
Lo heterogéneo de este escenario compartido emerge desde las propias motivaciones fundacionales, que tienen en común la finalidad promocional pero desde ópticas particulares. En el caso de Ediciones Samandar se hace evidente la impronta del homenaje, el motivo especial, al menos en sus primeros intentos: el proyecto empezó por regularizar la edición, en formato de libro, de las memorias del concurso anual de haikus "El vuelo del Samandar", y luego un volumen de poesía alegórico a la edad de los autores incluidos, aunque también han hecho pequeñas ediciones de autor.
En cambio, Ediciones Encaminarte nace, según Junior Fernández, "ante la problemática de la publicación de las obras de los escritores jóvenes, que es una situación que todo el mundo conoce". Mientras que Yanelys Encinosa (Costanera Editorial) sitúa el foco de atención en las dinámicas disfuncionales de promoción y distribución del libro, una vez publicado. "En mi experiencia personal, con mi primer libro existían cientos de ejemplares y yo no sabía donde estaban. No tenía poder sobre mi libro".
Ante la imposibilidad de ingresar efectivo por concepto de ventas, la cooperación de los propios escritores pasa a primer plano y determina cuántos ejemplares se producirán y qué camino tomarán una vez terminados. Mientras Ediciones Encaminarte planea estandarizar su producción alrededor de los 12 títulos anuales —con tiradas entre 60 y 150 copias—, así como crear peñas literarias y una biblioteca de libros cartoneros para visibilizar su catálogo, las tiradas de Ediciones Samandar van casi íntegras para el autor, quien se encarga de su promoción.
Otra es la visión de Costanera Editorial, que asume la distribución de la obra por diversas vías, tras asegurar los ejemplares de cortesía para el escritor. Según Yanelys Encinosa, la manera en que se distribuya el resto de los 100 o 200 ejemplares dependerá del aporte en recursos que el autor pueda hacer. En cuanto a la factura de las copias, "se adapta a las necesidades de promoción que vayan surgiendo para cada título, pues todos los ejemplares no se producen de una sola vez, sino que dependen de las posibilidades de aparición en espacios públicos que la editorial y el propio autor logren gestionar".
Algo en lo que sí concuerdan estos tres proyectos es en mantener abierto el diapasón de géneros literarios a publicar —llegando incluso al ensayo en el caso de Encaminarte—, así como la procedencia nacional o extranjera del autor. Sintomáticamente, el primer libro de Costanera es de la cubana Ana Núñez, radicada en Canadá; y Encaminarte ya publicó autores de Ecuador para ponerse en sintonía con la pasada Feria Internacional del Libro, donde ese país fue invitado de honor.
Entre las ventajas de este tipo de edición, está el hecho de que el autor conserva la totalidad de derechos sobre su obra y, si logra que el libro previamente editado por una cartonera sea aceptado por una editorial institucional, puede contrarrestar la espera —que a veces se prolonga durante varios años— con una cierta disponibilidad de ejemplares manufacturados para ir haciendo promoción de su obra mientras tanto.
Para Yanelys Encinosa, el gran reto de las cartoneras cubanas es hacerse visibles al punto de sugerir a las instituciones la posibilidad de un diálogo con estas iniciativas privadas, autogestivas. "Un diálogo no competitivo sino productivo, complementario y que sea beneficioso para ambos. Que no se vea como una amenaza este tipo de proyectos, sino como soluciones posibles para los creadores que no han logrado una respuesta del sistema establecido. Esta es la cuestión de la alteridad, no de la competencia", reconoció en febrero pasado, en la presentación del libro de Ana Núñez Crónicas domésticas (Costanera Editorial, 2014).
"Complementarias" o independientes, lo cierto es que esta posición de entendimiento con la institucionalidad no deja de remitir a una realidad editorial insatisfactoria para algunos de sus actores. La irrupción de las cartoneras puede leerse como necesidad de independencia en varios sentidos, a la vez que dinamiza el ambiente porque acorta los tiempos de gestión de los proyectos y afianza nuevos canales de distribución que ya no dependen de las políticas institucionales.


Tuesday, February 18, 2014

Entrevista a Pedro Juan Gutiérrez: “No hay realidad ni sucia ni limpia, simplemente realidad”

Publicado en Oncubamagazine


Pedro Juan Gutiérrez: “No hay realidad ni sucia ni limpia, simplemente realidad”


Auténtico, visceral, corrosivo, polémico e iconoclasta Pedro Juan Gutiérrez es uno de los escritores cubanos más editados y leídos internacionalmente. Aunque nació en Matanzas en 1950, el capitalino municipio de Centro Habana lo acogió y vio nacer su obra. Él, a su manera, lo reverencia y enaltece; lo convirtió en un personaje, más allá de servir de escenario a sus historias.

En sus libros copulan lo escatológico, el sudor, el alcohol, la ironía, la mugre, el hambre, la prostitución y por supuesto el sexo con la compasión, la ternura, la pasión, la risa, le melodía, el delirio y la esperanza. Se autodefine como un escritor normal, o que está tratando de buscar lo que hay detrás de la oscuridad de cada persona. Lo cierto es que sus libros son el reflejo de su gente, de sus amigos, de sus amores, de sus nostalgias de las que al parecer, se siente acosado e intenta exorcizar a golpe de frases.

A su terraza, sembrada en una azotea frente al Malecón con una embriagadora vista al horizonte y al Morro, llegó OnCuba una tarde, para apreciar la puesta de sol que ya había visto entre las páginas del reconocido escritor:


Cuando leyó Desayuno en Tiffany, de Truman Capote a los dieciséis años  decidió que un día escribiría de forma similar. ¿Qué fue lo que más le sedujo en aquel entonces del mundo de la literatura?


Un escritor es ante todo, un gran lector; ese concepto es fundamental y nos pasa a todos los que escribimos. Leí muchísimo desde que era muy niño. Comencé con los muñequitos de Superman, el Pato Donald y la pequeña Lulú, lo que luego se llamó comics  que eran muy baratos y había toneladas. Eran el mayor entretenimiento de los niños de mi generación. Eran otros años y otro tipo de vida. De ahí pasé a leer periódicos, revistas y libros, que son los diferentes grados de lectura. En Matanzas, donde nací, hay dos grandes bibliotecas donde podía encontrar de todo. Entonces tenía 16 cuando me quedé fascinado con Desayuno en Tiffany. Ya me había leído varios autores y ese libro me pareció que no era literatura, que estaba escrito como un chisme, con una naturalidad extraordinaria. Me dije que si algún día me convertía en escritor quería escribir así.

¿Y lo qué más le seduce hoy?
Hoy tengo diecisiete libros publicados, diez de prosa y siete de poesía. He dicho mucho de lo que quería decir y estoy quedándome casi silencioso. Últimamente escribo muy poco, más poesía que funciona de otra manera. Releo los clásicos, nuevos autores prácticamente ninguno. Tampoco me gusta releer mi propia obra, no me interesa volver atrás. Estoy en un punto de escribir poesía poco a poco, una poesía reflexiva y filosófica.

 ¿Qué obsesiones le dominan al enfrentarse a la hoja en blanco?
Lo más difícil es comprender que hay detrás de la acción de las personas. Alguien actúa de una manera determinada pero detrás de esa persona está lo que la lleva a actuar así y de eso  trata la literatura. Siempre hay que tratar de ir más allá de la superficie, de profundizar más allá, lo que lleva mucho tiempo. Por ejemplo, ahora estoy empezado a escribir una novela sobre lo que me sucedió en México en 1990. Hace 24 años viví cosas muy hermosas, furiosas y tremendas. En esa ocasión estuve cuarenta y cinco días en ese país. Tenía seis mil dólares en el bolsillo y me creía en aquel entonces que era mucho dinero. Me fui a recorrer todo México, fui hasta Tijuana y luego regresé. Ese mes y medio me rindió como si fuera un año por lo apretado de las vivencias y las múltiples personas que conocí. A mí me ha tomado todo este tiempo comprender más o menos lo que realmente pasó en aquella época y estoy comenzando a escribir esa novela que va fluyendo bien, pero he necesitado todo ese tiempo de trabajo subconsciente para escribirla.

¿Cuál es su relación con la etiqueta de realismo sucio que le han endosado a su obra?
No tengo nada de sucio, soy simplemente realista. Como sabes esa es una etiqueta que le pusieron los críticos. La crearon en los ochenta los norteamericanos para definir a un grupo de escritores como Raymond Carver, Richard Ford, entre otros que hacían determinado tipo de realismo. Esto posteriormente llegó a España y a otros lugares y se le fue endosando a todos los escritores que creían la merecían por escribir sobre cosas un tanto obscenas. Cuando en la española editorial Anagrama publicaron Trilogía… le pusieron esta etiqueta, muy comercial, lo que repitieron los periodistas sin profundizar, quizá por falta de tiempo. Creo que no hay realidad ni sucia ni limpia, simplemente realidad.

Entonces, es usted un cronista de su tiempo, como diría Carpentier
Soy un cronista de mi tiempo y de mi espacio.

De sus diecisiete títulos Trilogía sucia de La Habana es el más conocido, se ha publicado en más de veinte países y traducido a dieciocho idiomas, ¿qué significa para usted este libro?
Es un libro con el que yo sufrí mucho. Estuve tres años trabajando en él y sufriéndolo casi todo el tiempo borracho en esta terraza. Fue concebido en una etapa muy dura de mi vida, de cambios muy bruscos y violentos. Como toda mi generación me había dedicado mucho a un proyecto político que se me desmoronaba. Mi matrimonio se estaba destruyendo y me tuve que separar de mis hijos pequeños. Todo estaba naufragando, mi proyecto de vida tanto social como personal se desmoronaba y a mí, quizá para no suicidarme o estar llorando el día entero y cogerme lástima, me dio por el alcohol, las mujeres, la locura y el desespero. A otros de mi generación les dio por la religión, a otros les dio por irse para Miami. A mí nunca me ha gustado dar la espalda, me pareció que escapar de la realidad cubana en aquellos momentos era un acto de cobardía, tengo ese concepto, aunque también respeto al que se va porque cada cual hace lo que le da la gana en determinado momento con su vida. Entonces tomé ese rumbo y un poco como venganza comencé a escribir esos cuentos muy duros y agresivos. No me arrepiento de haberlos escrito sino todo lo contario pues conforman mi obra más querida, mi creación que salvaría si me obligaran a elegir. Hoy día los utilizan en muchas universidades sobre todo de Estados Unidos y lo tienen de referente. Está entre los Mil y un libro que usted debe de leer antes de morir, la famosa lista en que solo estamos cuatro cubanos, cada uno con un libro: Alejo Carpentier, José Lezama Lima  y Guillermo Cabrera Infante.

¿Cuál otro libro salvaría?
Rayuela, de Julio Cortázar.

Virgilio Piñera en su cuento Un jesuita de la literatura expresa que un escritor es un hombre aparte. ¿Comparte esta afirmación?
Virgilio fue un hombre que sufrió muchísimo por todo. Sí, estoy de acuerdo porque el escritor es un hombre aparte porque piensa demasiado y comprende demasiado la realidad.

¿Cuál es su visión de la actual literatura cubana, un día como hoy en que se celebra otra Feria Internacional del Libro?
Hay dos realidades, por un lado hay algunos escritores con propuestas muy interesantes, tanto dentro como fuera de la Isla que están escribiendo cosas muy buenas, aunque paradójicamente sus libros no se encuentran en las librerías. Por ejemplo de Leonardo Padura se hacen  mil o dos mil ejemplares que desaparecen en nada. Por otro lado llegas a la librería y encuentras miles de libros que están para reciclarlos y convertirlos en papel sanitario. Es absurda la cantidad de volúmenes que nadie compra. En Cuba hay un buen nivel de lectura, se lee tanto como en México y Argentina, donde hay un gran número de lectores. Nuestro gusto literario está conformado por años de muchísima literatura y te encuentras con esta realidad extravagante  sobre lo que se publica que es bastante compleja y contradictoria.

A partir de la publicación de cinco de sus libros en Cuba ¿considera qué existe una suerte de apertura literaria en el país?
Creo que sí. Ahora hay funcionarios del mundo editorial que son más jóvenes, que tiene mentes más abiertas. Cuando publiqué Trilogía… en octubre de 1998 en Barcelona, y regresé a Cuba en enero de 1999, lo que hicieron fue botarme de la revista Bohemia donde trabajaba. Me echaron a la calle sin más, sin ninguna explicación porque jamás me comunicaron que fue lo tan malo que hice. Hoy día eso no sucede, hace unos días Zuleika Romay la presidenta del Instituto Cubano del Libro me recibió y estuvimos hablando más de una hora en su oficina y me preguntó, ¿qué es lo que ha pasado contigo? porque no entendía todo lo que sucedió con mi obra y la censura a la que me destinaron. Eso me dio la tónica de lo que está pasando. También hay otro momento político y social en el país, por lo que creo que estamos un poco mejor al respecto.

Toda obra literaria se nutre de las experiencias de su autor, ¿hasta qué punto se considera un escritor intimista?
Eso les pasa a todos los escritores, pero no todos lo admiten, quizá para no buscarse problemas pero yo lo reconozco tranquilamente. Declaro que todo lo que me pasa, la gente que conozco, sus situaciones y circunstancias las plasmo en mis libros. Uno no puede inventar nada, lo más que puede hacer es echarle un poco de salsita para disfrazar la situación, variar algo y cambiar nombres.

¿Cuánto le debe el Pedro Juan escritor al periodista que fue durante veintiséis años?
El periodismo me ha dado una disciplina para trabajar. El escritor no puede vivir así como le da la gana escribiendo cuando quiere. Hay que levantarse temprano a escribir, para cuando baje la musa lo encuentre trabajando. También la investigación y la observación, tomar notas, apuntes en una libreta, eso viene del periodismo. Lo otro  que me aportó es la forma de manejar el idioma de tal manera que no se convierta, lo que escribo, en un carnaval de palabras tontas sin sentido.

¿Qué significa vivir en Centro Habana, La Habana, Cuba y escribir aquí mirando de un lado al mar y del otro un derrumbe?
Llevo casi treinta años viviendo en Centro Habana. Me ha llamado mucho la atención cuando alguna persona que vive en el Vedado o Miramar lee mis libros y luego me dice que  pensaba que yo estaba exagerando la realidad. Pero que de pasada por Centro Habana, ha visto estas cosas y se da cuenta de que no exagero. Yo no aumento nada, tengo que reducir la realidad del contexto para hacerla creíble, bajarle el tono porque su entorno y circunstancias son exageradas de por sí. También es un riesgo porque cuando la gente empieza a leer tus libros te buscas problemas porque se sienten identificados. Tienes que estar pidiendo disculpas o mintiendo para no herir sensibilidades.

¿Cómo se sintió cuando no le publicaron en Cuba su primer libro y fue víctima de la censura?
Presenté varios de mis libros de cuento y de poesía a concursos y nunca ganaba nada. Cuando terminé Trilogía…, que no se llamaba aún así, estuvieron unas representantes de la Editorial Oriente que se lo llevaron. Lo leyeron y se asustaron tanto que no me respondieron, fue muy desagradable. Entonces un amigo viajó a Santiago de Cuba y me lo recogió. El libro se fue encaminando solo, primero por Francia mediante un jurado que vino al Premio Casa de las Américas y se lo llevó. De Francia se lo llevaron a España y se publicó por azar. Me llamaron un día de la editorial Anagrama y me dijeron que me lo iba a publicar pero que buscara un título que los incluyera a los tres, entonces le di este y me colgaron el teléfono complacidos. Una vez publicado el volumen viajé a España a promocionar el libro y al regreso me echaron del periodismo. En la UNEAC por suerte me encontré con grandes amigos que no me expulsaron y me dijeron que lo tomara desde el lado positivo, que ahora tenía más tiempo para hacer mi obra. Al otro año salió El rey de La Habana y así sucesivamente. Al cabo de cinco años vieron que yo no me iba del país, que yo entraba y salía cuando quería y se fueron relajando conmigo y me publicaron Melancolía de los leones, que es un libro muy inocente. Luego Letras cubanas me publicó Animal tropical. Luego salieron Nuestro GG en La Habana, Rey de La Habana y Carne de perro, los más tranquilitos. Ahora se está preparando El insaciable hombre araña. De El rey de La Habana se hizo una tiradita muy pequeña en Estados Unidos.
Donde quiera que uno publique un libro conflictivo que ahonde en los conflictos de la sociedad existe inmediatamente la censura porque los editores cogen miedo. En España dicen que les parece demasiado sexo. Me acaban de invitar a una conferencia en Vigo, para que hablara de cualquier cosa excepto el sexo. Estuve a punto de contestarle mal a la señora que llamó por tamaño absurdo. Por supuesto que no acepté. Creo que la censura está implícita en lo humano, la gente coge miedo de que vayas a hablar demasiado y se complique todo. Aquí en Cuba ha funcionado así durante muchísimos años como sabes.
Mi amigo Enrique Pineda Barnet hizo La bella del Alhambra luego de que el ICAIC le había rechazado tres guiones. Él siempre ha tenido mucha censura arriba al igual que yo. En mis años de periodista me la pasaba fajado con mis directores. Por ejemplo, sobre el suicidio no se podía hablar en los medios cubanos, “en Cuba somos heroicos y en Cuba nadie se suicida”, el primero que escribió sobre el tema en nuestra prensa fui yo, lo que me costó más de un año dándole vueltas hasta que al fin logré materializarlo. Averigüé que era una de las diez principales causas de muerte en el país, era la sexta y por tanto había un programa nacional para la prevención del suicidio. Entonces hablé con el médico encargado del tema en el Ministerio de Salud Pública. Muy contento me dio toda la información y no sabía que el tema era un tabú, estaba prohibido, “los cubanos somos felices aquí”. Fui a hablar con la directora de la revista y le dije que íbamos a hacer un reportaje pedagógico sobre cómo evitar el suicidio, así con ese enfoque fue como logré convencerla. Rolando Pujol me hizo unas fotos muy morbosas que nunca me publicaron, lo sacaron con unas instantáneas más neutrales. Logré publicar un trabajo en Bohemia muy profundo, con estadísticas y todo, lo que sirvió de ejemplo para varios colegas. Eso es muy difícil para los periodistas, violar la censura. Una de las funciones principales de los periodistas y escritores es correr un poquito cada día más lo que yo le llamo la frontera del silencio, en todos las sociedades existe una frontera del silencio, nosotros tenemos que correr a diario un centímetro, hablar cada vez más de esas zonas oscuras. Los lectores lo agradecen mucho porque los ayuda a pensar y reflexionar.

¿Cómo va el proyecto del cineasta español Agustí Villaronga de filmar su libro El rey de La Habana?
Ya está terminado el guión, excelente adaptación de Villaronga. La producción y la pre filmación avanzan. Ya están las locaciones y el casting en el que seleccionaron a actores muy jóvenes, ninguno conocido. Se supone que el rodaje comience a mediados de este año, aún faltan algunos permisos que los productores están consiguiendo. Me place mucho que sea este libro el elegido para una película, porque es una novela muy entrañable que me costó mucho gestarla.

Háblenos de Diálogo con mi sombra, sobre el oficio de escritor, su más reciente libro.
Todos mis libros están colgados en www.amazon.es. Tienen una página dedicada a mí en la que se pueden adquirir todos, la versión online y en papel que te lo envían por correo postal, este último solo salió de forma digital. La editorial Unión lo tienen en su plan de publicación, puede ser que en un par de años la tengamos por acá, sabes que esos planes se demoran, pero ya está en cola por lo que hay que tener paciencia, aunque lo agradezco de corazón. Es un diálogo entre el Pedro Juan personaje y el Pedro Juan escritor, uno va preguntando y el otro contesta, creo que es muy interesante y puede gustarle al público.

Ha recorrido medio mundo donde es respetado y valorado por su obra  ¿por qué siempre regresa a Cuba?
Simplemente porque a pesar de los pesares aquí soy muy feliz.